Empezamos bien el día, con un buen desayuno de hotel a la española. Hoy no tenemos mucha prisa por salir, ya que no hay que desmontar la tienda. Además, hemos planeado «solo» una etapa de 24 kilómetros hasta el siguiente camping. A las nueve menos cuarto volvemos a estar en marcha y salimos del centro de Huelva. Después de haber caminado desde Sagres hasta aquí en dirección este, ahora giramos hacia el sur, rumbo a Tarifa, que queda a unos buenos 250 kilómetros. Anoche Huelva resultó ser una ciudad bonita. Se nota que es una antigua y próspera ciudad portuaria. Con unos 150.000 habitantes, es también la ciudad más grande que nos hemos encontrado. Además de ser ciudad portuaria, en el sur de la ciudad hay mucha industria, entre otras la siderúrgica y la química. Se abastece de agua por el canal junto al que caminamos ayer la mayor parte del día. Hoy caminamos casi todo el día junto a esta industria. Al principio todavía por un paseo bien acondicionado, más tarde junto a una carretera con mucho tráfico. Los gigantescos edificios viejos de la siderurgia, con su maraña de cintas transportadoras, tuberías y torres de refrigeración, son bastante feos, pero también tienen algo fascinante.
Caminamos junto a estos edificios hasta el puente del río Tinto. Justo antes de subir al puente pasamos junto a un gran monumento a Colón. La ciudad reivindica que Colón zarpó de este puerto en 1492 para llegar a las Indias por el oeste. Ahora están reformando los alrededores del monumento, pero Colón sigue ahí, majestuoso. La carretera del puente es una gran vía de cuatro carriles con guardarraíles y una línea de tren al otro lado. Cuesta un poco encontrarla, pero en el lado del monumento han dejado para caminar una franja estrecha de unos 70 centímetros entre el guardarraíl y la valla. En las señales de tráfico, con la tienda en la mochila, quepo de lado por los pelos. Es el puente de acceso al mayor polígono químico de España, así que es un ir y venir constante de camiones. Muchas veces nos pasan atronando a toda velocidad a menos de un metro. ¡Qué brutalidad! Una vez a salvo al otro lado del puente, entramos en el polígono químico, por calles largas y anchas, junto a grandes silos blancos y naves gigantescas. Esta zona es bastante más nueva que la industria del otro lado del puente y, por suerte, mucho más tranquila en cuanto a tráfico. Caminamos por el asfalto y, donde se puede, por el borde de tierra, para que sea algo más blando para los pies. Aquí y allá cargan o descargan camiones, con los conductores trabajando o charlando junto a ellos. Nos sentimos bastante fuera de lugar con las mochilas a cuestas entre tanta industria y tanto ajetreo. Al final del todo del polígono hay un gran puerto con ferris a las Canarias. Allí podríamos salir del polígono y bajar a la playa, para hacer los últimos kilómetros por las dunas y la arena hasta Mazagón, donde está el camping. Desde un gran cruce quedan todavía 5 kilómetros junto a una vía recta de cuatro carriles, hasta pasado el puerto. A un lado siguen las naves gigantescas, al otro una valla. Al principio no le damos mucha importancia, porque detrás de la valla hay un espacio natural, y esos se vallan a menudo.
Pero hacia el final la valla sigue ahí, y cada 100 metros hay cámaras, con carteles que avisan de que entrar en esta zona puede costar una multa de hasta €30.000. Ayyy, esto no pinta bien. Esperamos en vano que junto al puerto pase alguna carretera o algún camino, pero todo está demasiado bien cerrado. En las puertas de acceso no hay nadie a la vista, así que, después de sentarnos un rato junto a las mochilas, nos las volvemos a echar a la espalda. Toca desandar los 5 kilómetros hasta el cruce y hacernos OTRA VEZ 5 kilómetros hacia Mazagón, a 100 metros tierra adentro en línea recta, junto a una carretera que esta vez sí tiene mucho tráfico. Con esto, al final la etapa se nos va a 30 y pico kilómetros. Mente en blanco y a seguir poniendo un pie delante del otro. Paramos de vez en cuando para beber algo o comernos una manzanita, y nos alegramos cuando por fin podemos dejar la carretera y meternos en las dunas. Las piernas lo agradecen enseguida. ¡Es increíble cuánta energía te devuelve caminar por la naturaleza después de un tramo tan largo de asfalto! Quedan unos 7 kilómetros, así que hacemos rápidamente una última pausa (y, en realidad, la primera de verdad) y luego 2 horitas más. Son poco más de las seis cuando llegamos al camping, ¡y resulta ser una auténtica joya! Montamos nuestra tiendecita con vistas al océano. Mientras cenamos vemos las luces de los barcos meciéndose sobre el agua. Un final precioso para esta etapa que, la verdad, ha sido bastante surrealista. Mañana, descanso…










