Nos despertamos en el hotel de El Coronil. Un sitio precioso donde, después de los 30 kilómetros de ayer, hemos descansado bien y volvemos a estar a tope. Eso sí, nos alegra que, después de tantas noches de hotel, haya posibilidades de que esta noche podamos volver a acampar. Hoy caminamos hasta Utrera, donde podemos coger el tren a Dos Hermanas, donde hay un camping. El camping no reserva plazas por la Semana Santa, pero si llegamos pronto hay posibilidades de que todavía consigamos un sitio. La etapa de hoy es de 20 kilómetros y bastante llana, así que apretaremos el paso para llegar a tiempo. Enseguida estamos otra vez en la Vía Serrana. La ruta de peregrinación que ya en el siglo XIV usaban los bereberes como ruta de contrabando entre el reino de Gibraltar y el reino de Granada, cerca de Ronda. Así que estos caminos ya los han usado unas cuantas religiones y para unos cuantos fines. En Utrera la ruta se une con la Vía Augusta, de la que ya recorrimos un tramo en sentido contrario cerca de Chiclana de la Frontera, en la etapa 21. Los últimos kilómetros la recorreremos, muy formales, en el sentido correcto. Esta mañana está nublado y el sol aún no ha salido, así que cuando salimos todavía está bastante oscuro.
Fuera del pueblo enseguida volvemos a caminar por los caminos de tierra que usan los agricultores para llegar a sus campos. El cereal alto, meciéndose al viento, se alterna aquí con campos de girasoles. Miden unos 10 a 15 centímetros, así que todavía les queda. Las cunetas están llenas de flores, muchas amapolas y todavía más ojos de buey. Estas plantas de flores amarillas y blancas, que parecen un cruce entre manzanilla y crisantemo, son muy comunes aquí en el sur de Europa y dan a las cunetas un color alegre. El sol sale despacio y brilla acuoso entre las nubes sobre unas estructuras que parecen paraguas gigantes. Al acercarnos un poco vemos que son placas solares sobre soportes. Decenas, quizá cientos de paneles se alzan metros por encima del campo. Son tantos que cubren una superficie considerable. Una solución inteligente, porque en los días de calor dan bastante sombra y frescor, y encima producen electricidad. Fuera de estos árboles de placas solares, la sombra brilla por su ausencia. Entre los campos ondulados apenas hay árboles o bosquecillos. Hoy no importa; a diferencia de ayer, esta mañana incluso hace un poco de fresco. Para caminar hace un tiempo perfecto. Subimos un poco y volvemos a bajar algo, los kilómetros pasan rápido. A mitad de camino hacemos una pausa al borde de un olivar y disfrutamos del paisaje, que se vuelve cada vez más llano. También nos adentramos cada vez más en el valle por el que pasa el río Guadalquivir. Este desemboca en el océano, en realidad no muy lejos de aquí, junto al gigantesco espacio natural de Doñana, por el que pasamos por el lado del mar.
También volvemos a ver cada vez más cigüeñas y garcetas, palmeras y cactus, plantas que en las montañas apenas veíamos. Al final de la pausa vemos una planta que ya hemos visto a menudo desde el principio de nuestra travesía. Las flores y las hojas se parecen a las de las calabazas, los calabacines y los pepinos. La planta ya tiene frutos y parecen pepinillos. Cogemos uno y lo abrimos para ver si por dentro también se parece. En cuanto metemos el cuchillo, salen semillas en una especie de baba gelatinosa. Huele fatal, así que en lugar de probarlo lo buscamos. Resulta ser el pepinillo del diablo. Los frutos no son aptos para el consumo, de hecho son bastante tóxicos, aunque desde luego tampoco invitan a comérselos. Sin embargo, media hora más tarde, al comernos una manzana, incluso después de lavarnos las manos, seguimos notando el sabor amargo. No lo recomendamos, vamos. Pero seguimos en pie, así que a por el último tramo de la etapa. Tras kilómetros entre campos vemos un gran cortijo abandonado con establos y edificios anexos. La ruta pasa por el patio, así que echamos un vistazo. La mayoría de los tejados ya se han hundido y los muros empiezan a desmoronarse. Una pena, un cortijo cuadrado tan bonito en medio del campo. Daría para un buen episodio de 'Ik vertrek'.
Ya vemos Utrera de lejos: sus muchos campanarios asoman por encima de los campos. El último tramo va por una carreterita asfaltada, pero enseguida entramos en el casco urbano. Otro sitio espectacular. Pero Utrera no es un pueblo ni una ciudad pequeña, es una ciudad de verdad, y más española que esto no se puede ser. Es la cuna de la tauromaquia y aquí nació el flamenco. En muchos escaparates de las tiendecitas de sus calles concurridas se encuentra este pedazo de pasado en abundancia: los estancos venden toros de piedra negra y las tiendas de ropa, trajes de flamenca para pequeñas y mayores. Pasamos junto a edificios bonitos y placitas con ambiente, pero vamos rápido a la estación para coger el tren. Una vez en el camping, por suerte, resulta que todavía hay sitio de sobra. Además nos ha llegado un paquete: ¡una tienda nueva! Una tienda piramidal, bastante más ligera y más rápida de montar. Qué bien volver a plantar la tienda en un camping después de tantas noches. Mañana, después de 7 etapas en 9 días en las que hemos recorrido 180 kilómetros por las colinas, nos quedamos un día en el camping. Después solo nos queda la última etapa larga hasta Sevilla.









